40 años del nido

¡Hola a todos, queridos lectores y amigos! Espero que este año les esté yendo de maravilla. Por mi parte, este agosto marca un año exacto desde que inicié un proceso de transformación algo… perturbador.

Imaginen despertar cada mañana como si salieran de una pesadilla. Así me sentía yo desde el agosto pasado: al abrir los ojos, me sorprendía seguir “aquí”, como si el sueño fuera la realidad y la vida, la pesadilla misma.

Durante mucho tiempo, me preguntaba si realmente valía la pena vivir esa vida. Sé que para muchos esto sonará extraño, especialmente porque soy una persona súper positiva y con un presente que brilla. Ni yo me lo creía, y lo más curioso es que ni siquiera me sentía triste por ello. Pero la necesidad de entender qué me pasaba, qué me causaba esas ganas de no despertar por la mañana, era inmensa.

Mis preguntas me llevaron a una investigación cada vez más profunda. Pasaron muchísimas cosas, algunas muy malas, otras muy buenas. Me sentía perdida y, a la vez, extrañamente centrada. Como si una corriente me arrastrara a un lugar desconocido. Reflexionaba sobre mi ser, mi “yo”, mi misión… pero nada parecía suficiente para resolver la duda de por qué ya no quería seguir ese camino, a pesar de tener todo para hacerlo y mucho para lograr. Había perdido la razón para conectar con todo. Solo pensaba: “¿Qué necesidad? Ya no quiero ver más esta película”.

Llegué a pensar en la muerte no como una opción de quitarme la vida, sino como el fin de todos los sueños, las obligaciones y los proyectos. Deseaba que, al dormirme, simplemente no hubiera un despertar. Hasta que formulé la pregunta correcta: “¿Por qué aquí y ahora? ¿Podría el despertar en otro momento ser también una salida?”

En ese instante, algo en mí cambió. Comencé a observar el ahora: dónde nací, a dónde pertenezco, qué tengo, qué no. Observé la tecnología, el desarrollo, la época y el año, los hechos históricos (los de antes y los de ahora). Observé a todas las personas que me rodean: amigos, pareja, familia, compañeros de trabajo, a quienes dependen de mí y a quienes simplemente forman parte de mi ambiente.

Y ahí me di cuenta: no existe la coincidencia. Formo parte de un círculo y, sin mí, muchas cosas no funcionarían. Sin el todo que me rodea, yo no cumpliría mi papel. Descubrí que el ahora, la época en que vivimos y las personas con quienes llegamos aquí, y con cada persona que nos encontramos, no es casualidad. Son parte de la lección que venimos a aprender. Y, en el fondo, no venimos más que a aprender a vivir.

Antes, creía que mi viaje fuera de mi país era el comienzo de mi vida, cuando en realidad era una huida de mí misma. Pensaba que mis negocios eran el cambio que necesitaba, pero solo me distraían de mí. Creía que mis parejas eran mi felicidad, y al final supe que las personas no son felices ni dan la felicidad.

Cuando me di cuenta de todo esto, mis cálculos cambiaron y mi manera de percibir la realidad se transformó por completo. Me di cuenta de que la vida es demasiado compleja para poder resolverla con 20 años de estudios, unas cuantas parejas y un par de “casos de éxito”.

Y es cuando me di cuenta de que, hasta hace muy poco, seguía siendo como un pajarito en el nido, sin abrir los ojos, sin siquiera pensar en volar.

Esa revelación me llevó a pensar en la vida animal, en cómo cada especie tiene ese momento clave en el que la cría se separa de su familia y encuentra su propio camino. Observé al ser humano, incluyéndome, y me di cuenta de que, aunque yo creía haber hecho lo mismo al “independizarme”, para nuestra especie la independencia funciona de una manera muy diferente. Es un proceso social e ideológico. Con una mente tan avanzada y una capacidad de evolución tremenda, es absurdo pensar que la independencia solo significa dejar la casa de tus padres. Descubrí que la independencia ahora tiene un sentido mucho más complejo, más trabajado y, curiosamente, mucho menos natural.

Analicé mis propias necesidades y noté que son mucho más profundas que un buen trabajo o una pareja encantadora. Las verdaderas necesidades de mi mente son mucho más intrincadas que dominar varios idiomas o alcanzar el éxito profesional. Mi necesidad real es encontrar una respuesta a la pregunta: ¿por qué todo esto? Y, sobre todo, ubicar correctamente dónde está el fin y cuál es el medio.

Durante mis “cuarenta años en el nido”, pensaba que los medios eran el fin. Y por eso, nunca veía el verdadero propósito.

Y justo ahí, me di cuenta de que la “pirámide” que había estado construyendo para escalar mi vida ¡estaba mal diseñada desde el principio! De hecho, ¡nunca debió ser una pirámide! El camino correcto era mucho más natural, como el de la mayoría de las especies en este planeta: lanzarme al vacío, tomar vuelo, elevarme y, desde arriba, verlo todo con total claridad.

Pero, claro, ¿cómo salir de un nido si ni siquiera sabías que estabas en uno? Ese “nido” es el espacio, el “ahora”, los sueños que otras mujeres no pudieron cumplir, las creencias arraigadas de nuestros antepasados, la cultura social que nos envuelve, y el significado que la humanidad le ha dado a la vida. Es ese “fin ideal” que la mayoría persigue por la necesidad de sobrevivir y reproducirse.

Necesitaba ver la realidad actual para darme cuenta de que ya no vivimos en modo “guerra mundial”, que la amenaza ya no es el hambre, que las oportunidades no son escasas y que la información es inmensa y fácil de conseguir. El objetivo de la vida dejó de ser solo sobrevivir, para por fin, ser simplemente vivir.

Y mi siguiente paso, mi gran salto, es soltarme por completo de ese “nido de la humanidad” para empezar a volar. No como un simple humano, ni como un animal, sino como energía pura. Se trata de trascender mis límites físicos, de ir más allá.Amigos, sé que no todos estamos listos para esto, no todos se encuentran en este punto de su viaje. Pocos experimentan este tipo de despertar, pocos abren los ojos a una comprensión de la vida que va más allá de conceptos comunes como la “felicidad” o la “plenitud”. Sí, estoy hablando de un fin que ahora puedo vislumbrar, un propósito que trasciende incluso la plenitud.

Continuara….

Imene Khelifi

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