Queridos y maravillosos amigos, lectores de este blog:
Hace mucho que no escribo, pues estaba persiguiendo algo, un sueño, una obsesión. Algo que creía que, una vez logrado, me traería la felicidad: una carrera, un logro. Llevo años buscándolo y, por fin, me acerqué tanto a conseguirlo que lo dejé ir. Arrodillada en el umbral del escalón, justo antes de alcanzarlo, miré atrás y vi cuántos peldaños había ascendido: algunos con esfuerzo, otros sin él; algunos saltando, y otros brincando de tres en tres. Mirando abajo, me veía en la cima; y mirando arriba, me veía en el abismo.
Frustrada y exhausta, me pregunté: “¿Pero yo a dónde voy? ¿A dónde diablos me dirijo? ¿Quién me impulsó? ¿Por qué lo estoy haciendo?”.
Esas ansias de seguir subiendo, ¿de dónde provienen? Una voz que casi no me gusta escuchar comenzó a resonar con fuerza: “Sí, ¿a dónde vas? ¿Quién te comanda? ¿A dónde anhelas llegar? ¿Qué crees que hay más arriba?”.
Me enderecé y me senté erguida, contemplando los escalones de abajo. Ya no se veía el suelo donde inicié; el camino estaba borroso, envuelto en una densa neblina. Cerré mis ojos y me dije: “¿Qué tal si no lo veo como una ascensión y lo veo como un plano?”. En un acto de magia, las escaleras se desvanecieron y aparecí en un cuarto oscuro, rodeada de puertas entreabiertas de donde emanaba la luz. Me di la vuelta, sabiendo que lo que me llevaría a abrir esas puertas era solo mi curiosidad. Pensé: “¡Las escaleras se veían mejor!”.
Me senté en el suelo y me dije: “Debo verlo de otra manera”. Lo intenté, y por mi mente desfilaron un elevador, nubes etéreas, un edificio imponente. La disyuntiva era clara: entrar o ascender.
No sé si era yo o mi mente intentando simplificar la angustia de seguir escalando y explorando, pero me detuve un instante y me dije, porque mi mente no me ofrecía más que esas cuatro opciones, porque mi mente seguía embelleciendo el camino para continuar la ascensión, y le pedí a mi mente: ‘Muéstrame mi vanidad’.
Rápidamente se presentó la vanidad en una bella mujer vestida de blanco, con la brisa danzando en su melena, erguida como un ángel. Le dije: ‘Muéstrame mi ego’, y apareció un monstruo genio, musculoso y moreno, exhibiendo su grandeza. Le dije: ‘Ahora muéstrame mi competitividad’, y surgió una serpiente esbelta deslizándose entre los pies de la vanidad y el ego. Le dije: ‘Muéstrame el ruido de mi mente’, y cientos de murciélagos volaron, rodeándonos a todos. Dije: ‘Muéstrame mi miedo’, y me preguntó: ‘¿Miedo a qué, exactamente?’. Me reí y le dije: ‘Mejor no, supongo que será un ejército de monstruos’. Me respondió: ‘Tienes tres grandes miedos: el miedo a la soledad, un fantasma casi transparente, sin ojos, sin boca, tropezando con todo; el miedo al fracaso, un herido de guerra arrastrándose para salvarse; y el miedo a perder el tiempo, un reloj gigante retrocediendo.’
Viéndolos a todos, les ordené: “Pónganse el traje de mariachi y cantemos ‘Viva México'”. Y así lo hicieron, vestidos con el traje típico, empezaron a bailar y cantar con mucho entusiasmo mexicano. Después de dejarlos un rato en su algarabía, les pregunté: “¿A dónde diablos me llevaban? ¿Acaso me descuido y me arrastran al abismo? ¿Quiénes se creen ustedes? ¿Quién les dio permiso para llevarme y traerme a su antojo?”.
Todos, entonces, adoptaron la postura de estudiantes ejemplares, como aquellos a quienes solía controlar en la FES Acatlán, escuchando mis reproches.
Me erguí frente a ellos y sentencié: “Aquí no habrá más ascensiones. ¿Quién es el necio que construyó estas escaleras?”. Tímidamente, el ego levantó las manos y, con su voz gutural, admitió: “Fui yo”.
Le respondí: “No más escaleras; no tenemos que ascender a ningún lugar, no hay nada en la cima, todo está aquí a nuestro alcance”.
“¿A quién se le ocurrió competir con nadie?”, deslizó la astuta serpiente, y con voz melosa, dijo: “Solo quería hacerte brillar”.
Le espeté: “De sudor, la carne humana no brilla, estúpida; no más competencias. Vivamos en armonía y amor con el mundo, sin necesidad de correr a ningún lado”.
“Y ustedes, los murciélagos, ¡qué tanto parlotean! Solo puedo escucharlos si hablan uno por uno. Miren cómo están los miedos, patéticos. Si ustedes cuatro abandonan la obsesión de planear un éxito que nadie les ha pedido, esos miedos se desvanecerán.”
“Terminé mi sermón con la pregunta: ¿Quedó claro?
Y todos respondieron humildemente: Quedó claro.
Caminé lejos de ellos y dije: Esos monstruos que viven dentro de nuestra cabeza, hay que estar atentos con ellos porque de verdad no saben nada.
Exactamente, amigos maravillosos, todo pasa adentro y se arregla desde adentro. La mente no sabe nada; nuestras almas sí saben, y esa voz que escuchan ahora es la voz de mi alma.”
Imene Khelifi, un capitulo de mi lucha interna.


Wow en verdad que hermoso escribes y muy cierto. Muchas gracias por compartir
Wowwww!!!
Mi reconocimiento y sincera admiración…
Qué manera tan sincera de desnudar el alma. A veces creemos que avanzar es subir, cuando en realidad el verdadero crecimiento ocurre cuando nos detenemos y escuchamos nuestra voz interior. ¡Gracias por recordarlo con tanta claridad hermosa !
Sigue haciendo lo que amas y sin duda el camino se aclarará.