Queridos lectores:
Mujeres hermosas, hombres de poder, ¿en qué instante de su jornada se encuentran?
Detenerse a observar lo que estamos haciendo, y lo que esto representa para nuestra vida, nuestra felicidad, nuestro pasado y nuestro futuro, es una pregunta trascendental. Justo antes de recibir esta invitación, ¿dónde estaba su mente, qué ocupaba sus manos?
Amigas y amigos, hoy deseo compartirles la revelación de la pausa, ese tiempo sagrado tan esquivo, a menudo perdido por ignorar su inmensa importancia. Reconocer su existencia es un primer paso; aprender a identificarla es un logro; pero crearla, eso, es la máxima expresión de la inteligencia vital.
¿Han experimentado ese deseo profundo de detenerse por completo? De no hacer, de no mover, de no pensar, de no preocuparse ni intentar resolver. Este anhelo no es casualidad, no es simple agotamiento o frustración; es una oleada natural del flujo de la vida. Rara vez se manifiesta y, cuando lo hace, es como hallarse en el umbral de la madurez. No teman, no permanecerán allí. Días después de esa rendición, los eventos comenzarán a alinearse y volverán a ese estado donde anhelan controlarlo todo. Si son observadores atentos de su existencia, mirarán hacia atrás y dirán: “Los tiempos fueron perfectos, y soltar fue la decisión correcta”. Pero si son seres de luz, sabrán que esa quietud fue la llave para que los acontecimientos fluyeran en otras frecuencias. Y si son pura magia, sabrán que ese instante puede ser invocado.
Lo sé, parece increíble: que seamos capaces de forjar esas pausas para soltar las riendas del control. Saber cuándo retirarse del escenario, cuándo dejar de cargar las preocupaciones ajenas, cuándo darle un respiro al cuerpo, cuándo permitirse un descanso, incluso romper la dieta.
¿Qué ocurre cuando uno mismo comienza a crear esta pausa, en lugar de esperar a que llegue por el colapso del agotamiento? Los pliegues del tiempo se vuelven más nítidos. Uno empieza a percibir que el mundo sigue su curso, sin necesidad de nuestra intervención. Observamos el crecimiento silencioso del cabello, los sutiles cambios del cuerpo, cómo las manchas del rostro se desvanecen. Notamos cómo los amigos nos buscan, cómo el árbol del jardín florece con nuevos racimos, y la planta de la ventana se cubre de vida. Empezamos a ver la espalda de nuestra madre que se inclina, y a nuestro padre que empieza a olvidar; notamos al vecino que lava su coche incesantemente y que la tienda de la esquina cierra religiosamente los martes.
Este momento no es solo una pausa, es un acto de fe: es creer en la magia del amor.
Y porque hoy celebramos el Día del Amor, les confieso que este se revela desde ese mismo espacio de quietud:El amor es cuando tu mirada alcanza el límite de las cosas, y no sientes un final, sino un comienzo.El amor es cuando los sonidos que oyes son el latido de la vida en alguna parte, y sientes que son parte de tu instante.El amor es cuando tu piel deja de ser una frontera y se convierte en el inicio de todo lo que existe en tu exterior.El amor es cuando tus palabras resuenan como un eco de la historia de la humanidad.El amor es saber que todos los demás están ahí para que tu vida se manifieste tal como es.
El amor es cuando comprendes que tu propia historia es maravillosa en su esencia, y no la cambiarías por nada. Es el relato que deseas compartir en otro mundo. Es saber que tus problemas son los desafíos que enfrentaste y que pudiste vencer, o que te doblegaron y lograste superar. El amor es entender que tu experiencia vale la pena y es exactamente lo que necesitas para trascender.
El amor es la aceptación de crecer, de abrazar los nuevos retos y moldearse al instante presente sin resistencia.
Pero sé que, inevitablemente, esperan mi visión sobre el amor romántico, aquel que se forja entre un hombre y una mujer. Desde lo que mis ojos han aprendido y lo que ha conmovido mi corazón, el amor es, para mí:
La máxima manifestación del alma: el desnudamiento del ser ante el placer y el sudor en la frente ante la labor que construirlo exige.
Sé que resulta complejo, pero lo explicaré con mayor profundidad: el amor es, esencialmente, una decisión. No es un capricho de la juventud, ni el desenlace automático del enamoramiento, ni tiene parentesco alguno con la fugaz sensación de las mariposas.
El amor romántico verdadero bebe de la misma fuente que el amor que describí previamente. Su manifestación, sin embargo, solo es posible cuando el “espectáculo de la pausa” se ha presentado y dominado una y otra vez, hasta que la capacidad de crearlo se convierte en un acto consciente.
Así es. Amar con plenitud exige madurez y la voluntad inquebrantable de tomar decisiones.
Cuando ese umbral se cruza, y tras la elección consciente de la persona amada, comienza la noble labor del continuo crecimiento mutuo. Las miradas, ahora más suaves, se encuentran; los dedos se buscan con intención; las pestañas se alzan ante la presencia del otro. El cabello se vuelve un refugio donde se oculta la fragancia del ser querido. Los labios se unen en el beso, y los ojos, cómplices de la entrega, se cierran para percibir el mundo interior.
Los susurros hallan el camino directo al corazón, la sangre fluye vibrante hacia cada rincón del cuerpo, y la respiración se entrelaza, uniendo dos almas en un solo ritmo.
En esta alquimia, el simple hablar se transforma en el arte de conversar, el planear se vuelve la nobleza del hacer, y el querer se transmuta en el profundo desear. En este sendero, una decisión se alza como crucial: no es el compromiso de un juramento nupcial, sino el acto inquebrantable de la decisión de amar.
Ahora piensa ¿Decediste amar? O decediste estar con alguien y encontrar en el o ella el amor?
Feliz día del amor.
Imene Khelifi


Wow que bonito 😍