Queridos amigos:
No he escrito mucho este año. Para ser sincera, en algún punto del camino perdí el deseo de compartir lo que habita en mis pensamientos. Sin embargo, hoy rompí mis propias reglas y me tomé un café a las ocho de la noche. Sabía perfectamente que el insomnio vendría a reclamar sus horas pero, como varios de ustedes ya saben, a mí el no tener sueño no me quita el sueño. Vaya paradoja; al menos me regaló una sonrisa.
Hay sucesos en la vida que llegan con la única misión de despertarnos, o bien, hacernos olvidar algo y destraernos. Me ocurre al evocar mi infancia, cuando vivíamos en la avenida Pitié, en la ciudad de Orán. Justo frente a Cine EL Badr, el mejor momento de la jornada llegaba cuando mi madre, al percatarse de que faltaba algo en la despensa, me pedía ir a la tienda. Yo salía disparada; corría y corría, alargando las zancadas hasta que sentía que mis pies se despegaban del suelo. Volaba. En verdad creía que la gente en la calle me veía suspenderse en el aire.
Hasta que un día un coche me atropelló.
De aquel impacto solo conservo una imagen nítida: mi diadema volando hasta el otro extremo de la avenida. En ese instante, desperté del letargo de la niña voladora y sepulté el sueño de volar para siempre. Pese al golpe, me levanté de inmediato y corrí a refugiarme en casa. Era la época de Ramadán y la hora de la cena aguardaba. Nos sentamos a la mesa y decidí guardar absoluto silencio sobre lo ocurrido. Sin embargo, justo después de cenar, llamaron a la puerta. Escuché la voz de un extraño preguntarle a mi padre: «Señor, acabo de atropellar a su hija hace un momento y solo vengo a saber si se encuentra bien». Toda mi familia, reunida en la estancia, giró la cabeza al mismo tiempo para clavarme la mirada. Mi madre se limitó a decirme: «Levántate la falda». Y ahí estaba la evidencia: mis piernas completamente raspadas.
No recuerdo en qué términos concluyó la charla con aquel hombre, pero sí tengo presente que mi madre me reprendió con dureza por haber ocultado el accidente y me prohibió volver a pisar la calle. Ese recuerdo selló mi existencia de una manera tan profunda que aún hoy no he tenido el tiempo de desmenuzarlo; simplemente emerge, puntual, cada vez que salgo a correr y no no siento que vuelo al hacerlo.ya nunca más.
El castigo se prolongó y mis días se redujeron a ir a la escuela, la cual afortunadamente rodeaba el edificio donde residíamos. Pese a la cercanía, el peligro aguardaba en el umbral: fui prácticamente secuestrada en la misma puerta de mi casa. Una mujer se me acercó asegurando que era la costurera de mi madre y que debía acompañarla para que me entregara un vestido confeccionado para ella. Con la ingenuidad de la niñez, la seguí. Permanecí desaparecida durante tres días y tres noches. Al cuarto día, aquella mujer me sacó a caminar junto a otras dos niñas. En un punto indeterminado de la ciudad, se detuvo, me miró y me ordenó: «Quédate aquí, cuida a estas niñas, ahora regreso». Y se marchó.
Fue en ese preciso instante cuando vi pasar el coche de mi padre. Él se detuvo ante un comercio y entró, sin percatarse de mi presencia. Corrí con todas mis fuerzas detrás de él y crucé el umbral de la tienda. Al verme tan lejos de nuestro hogar, el impacto en su rostro fue absoluto. «Imene, ¿qué haces aquí?», exclamó. Le respondí que la costurera me había llevado hasta allá. Con las dos pequeñas aferradas a mis manos, mi padre nos condujo de inmediato a la comisaría. Recuerdo sus palabras exactas ante los oficiales: «No sé cómo encontré a mi hija con estas dos niñas, no sé quiénes son». A lo que el policía replicó: «Señor Khelifi, su hija lleva tres días perdida, y esas dos niñas, mucho más». Mi padre se encontraba viajando por trabajo y mi madre no había tenido forma de avisarle; en ese entonces la comunicación no era inmediata, no había teléfonos. Hasta el día de hoy, él rememora el episodio con incredulidad y me repite: «No sé qué hubiera sido de ti si yo no hubiera cruzado por aquella calle exacta en el momento en que estabas desaparecida».
Mi memoria borró por completo lo sucedido durante esos tres días de ausencia. No recuerdo absolutamente nada; en mi mente el tiempo transcurrió como si hubiesen sido apenas tres horas. Supongo que la mente hace olvidar ciertos recuerdos para dejar despertar otros. Fui, sin saberlo, el instrumento para rescatar a dos niñas de un destino incierto, y aunque desconozco cómo lo logré, el hecho es que sucedió. Así es la vida, amigos: vivencias como estas me impiden dudar de los milagros, de la magia y de la existencia de un plan superior.
Casi cada momento cumbre de mi biografía ha tenido un inicio similar, marcado por lo imprevisto. No asistí a la escuela más prestigiosa; de hecho, la universidad donde cursé mis estudios ya ni siquiera existe. Tampoco estuve rodeada de los mentores académicos más brillantes, pero he tenido a la mejor de las maestras: la vida misma. Ella imparte lecciones impredecibles, desprovistas de coordenadas, fechas o advertencias. Incluso mientras estás absorbiendo el conocimiento, ignoras que estás en medio de una clase.
Y de pronto, te encuentras en encrucijadas donde un viejo incidente regresa y descubres que no has hecho la tarea: no has analizado el suceso. Sigue ahí, intacto como un recuerdo, pero en realidad constituye una asignatura que aún no has aprobado. Es entonces cuando asumes que, en la escuela de la vida, el sistema pedagógico es sumamente complejo. Eres capaz de resolver acertijos de nivel avanzado y, simultáneamente, cargar con dilemas básicos sin resolver. Y sabes, con certeza, que debes retornar a ese origen para descifrar los enigmas del mañana.
A menudo, los acontecimientos me obligan a frenar en seco, a observar el suelo que piso y a dar gracias por cada milagro. Sin embargo, sentía que algo se me escapaba; siempre había un cabo suelto. Nos deslumbra un buen libro o un texto magnífico; a veces nos cautiva una película a tal grado que la repasamos una y otra vez, experimentando la misma sorpresa de la primera cita. Pero ese «algo» esquivo permanece ahí, latente.
Más allá de los prodigios que han jalonado mi historia —como el día en que, a mis veintitrés años, sostuve entre mis manos un pasaporte visado para México, sin haber salido jamás de mi ciudad natal y sin haber acariciado jamás la idea de migrar—, me descubro pensando en esa inmensa puerta que se abrió ante mí. Ignoraba entonces que se trataba del acceso al mundo entero y, al mismo tiempo, de la antesala del cielo.
A pesar de la magnitud de esos eventos, existe un milagro aún mayor que se renueva cada segundo: la oportunidad de permanecer de pie, viva, observando y respirando en este planeta. Contemplar un firmamento hermosísimo de cuya arquitectura y dimensiones no tengo la menor idea, pero que, a pesar de mi ignorancia, funciona. Ilumina, respira, se transforma en una gigantesca regadera, en una pantalla viva y en el escenario donde se desplazan seres increíbles. Es el milagro de atestiguar la creación terrenal, la belleza y la perfección con la que se manifiesta.
No sé qué piensen ustedes, pero yo suelo preguntarme: ¿en qué momento del camino dejó de conmovernos el simple hecho de estar aquí? ¿En qué momento extraviamos la noción de privilegio que representa habitar este mundo? ¿Qué mérito hicimos para ser recompensados con la experiencia de la existencia? ¿De dónde provenimos y por qué fuimos distinguidos con una gracia tan semejante? En contraste, resalta ese instante oscuro en que la humanidad lo olvidó todo y comenzó a destruirse a sí misma por el afán de no compartir un trozo de tierra, cuando el espacio es vasto y la abundancia alcanza para todos.
¿En qué momento nos dejamos sistematizar hasta arruinarlo todo? La libertad que se nos concedió de forma innata ahora debemos arrebatársela a un sistema que no tiene intenciones de cederla.
Me pregunto, y les pregunto a ustedes: tal vez hoy tuvieron una jornada deplorable, o quizás fue un día ordinario y gris; pero ¿se han detenido a meditar seriamente en el privilegio que representa estar, en este preciso instante, cobijados por un planeta hermoso donde absolutamente nada merece ser catalogado como menos que perfecto?
Si fuéramos viajeros del espacio exterior en busca de un refugio y nos topáramos con la Tierra, consideraríamos este hallazgo como la mayor fortuna del universo. Saben bien que la posibilidad de estar vivos aquí es un fenómeno más remoto que el eclipse más extraño o el suceso cósmico más insólito de la astronomía conocida. Su vida, esa que poseen ahora mismo, es un evento irrepetible: ocurre una sola vez en miles de millones de años. Y, a pesar de ello, transitamos por ella sin ser conscientes.
Se trata de una perspectiva sumamente valiosa; a veces es imperativo detener la marcha para sopesar semejante excepcionalidad. Deseo sinceramente que logren despertar esa conciencia.
El sistema intenta persuadirnos de que habitamos en el mundo de alguien más; sin embargo, esa es una premisa falsa. Cada individuo reside en su propio y extraordinario universo. Dejen de ser una simple parte de….y comiencen a ser, por fin, su todo absoluto.
Eso no se enseña dentro del sistema, sino fuera de el. y eso es el acetijo de la vida resuelto, ser concientes de lo priviligiados que somos cada uno de nosotros por el simple vivir esta maravillosa experiencia que la llemamos vida.
Esas son palabras no como todas las palabras por IMENE KHELIFI.

